Le gustaba más la ciudad cuando esta se atestaba de nubarrones negros y asustaba a gente con truenos y relámpagos.
Porque era costumbre, desde el momento en que pisara fuera de donde quiera que este, caería la primera gota. Y eso era lo que más le fascinaba:
Ser víctima de la madre naturaliza durante los días deprimentes.
Cuando no escampa y las gotas son suaves y gordas, pesadas y frías. Mancilladas de smog y burguesía; ínfimamente incomparables con las del campo. Que son delgadas y duelen como agujas; que hacen que te enmugres en lodo y enciende el aroma a humedad.
Por eso cuando salía al campo iba armado con un paraguas: siempre llovía. Lo pronosticasen o no.
Apenas pisase territorio mundano todos voltearían a verle, sabiendo que traía malas noticias, y probablemente maldiciéndolo; o al menos eso era lo que siempre le decía la chica de coletas que lo acompañaba exclusivamente para esos encargos y de la que nada sabía.
"Saben a que vienes..." Era lo que siempre repetía al bajarse del vehículo y arreglarse su arruinado vestido.
Tal vez por eso también amaba la ciudad.
Porque nadie era supersticioso ni mundano y nadie creía en nada. En donde los fantasmas no los visitaban por las o hablaban por los gatos; ni donde te sacaban a patadas simplemente por tener el cabello tan rojo como el fuego o te llaman el hijo del demonio.
Una gran y espesa gota caliente cayó entre sus ojos; y estos se abrieron con asco.
"Sabes, eso no es nada femenino" gruño restregándose el rostro con cierta impaciencia "Ni para que decir asqueroso..."
La fémina simplemente estalló en carcajadas y empezó a llamarlo melódicamente: "Llegaremos tarde~ ¡Vamos Nikholas!" repitió una vez más al tomarlo del brazo y tirar de él "Llegaremos tarde"
En cuanto a él; lo único que le importaba era que había sido atacado por el escupitajo más grande de su vida... le importaba un cuerno si llegaban tarde o no.
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