Su palpitar se había condenado al repique del reloj; desde el momento en que la plata resbaló de entre sus manos y por primera vez había olido el incandecente veneno que emanaba de su interior.
”¿Aceptas el trato?” Se vistio de terno negro al dibujar una socarrona sonrisa atravez de sus labios. Un sombrero de copa adorno su rojo cabello y el bastón hecho de cualquier cosa que no fuese oro fue la última gota de elegancia.
Parecía emocionado; más que todo excitado por la idea de que el menor con ferviente fé lo recibiera.
Cargaba una cruz contra el pecho, y el reloj de plata fuertemente apretado en una mano. “Eso no te servira” Y con un leve impulso lo había aprisionado contra la pared. Con el olor a rosas saturando sus sentidos y el peso del mayor oprimiendo su cuerpo.
Su melena roja lo mareaba, y el pecho desnudo sin corazón helaba su sangre.
Sin latido ni calor.
“¿Acaso no sabes que también tenemos sentimientos?”
“Oh, no sabía que te dejaban dormir”
“Es un lujo” Se acomodo en oprimido sillón en el que estaba; cabizbajo y con ojos cansados “No deberías de acercarte tanto”
“Ya te lo he dicho; ninguno de tus artificios sirve conmigo. Ni tu agua bendita o tu mugrosa cruz. Ya no eres un niño, deberías entenderlo ahora.”
Sebastian huyó a su mirada pero el pelirrojo le obligo a volver a verle. Sus pupilas verdes lo perforaban cual juguete y una relamida de labios bastó para que el pelinegro palideciese aún más; sintiendo el corazón detenerse como en ese entonces.
“Belial” llamó y al instante su mano se estuvo paseando por el cabello; buscando los diminutos cuernos por las hebras rojizas y tanteando la cola con cierta inseguridad.
El demonio se hechó a reír “¿Todavía te doy miedo? ¿Después de lo mucho que hemos hecho?”
Su mano aprisionó a la del exorcista y se dejo sentir el frío sabor del metal. Belial nunca aprendería, no importa cuantas veces se lo repitieran: Yo si muerdo la mano que me da de comer.
”Nunca estas feliz de verme Sebbis”
“No me llames así” Y nuevamente intento desviar la mirada, encontrandose cara a cara con el demonio de cabellos rojos “¿Para qué haz venido a fin de cuentas? ¿No has comido ya?” Extendio su muñeca, marcada por comidas anteriores, pero fueron sus labios lo que Belial busco.
Encogido en un sillón.
Con todo el peso del dios del sexo y la lujuría sobre él, Sebastian Michaelis maldijó el día en que se había tentado en comprar aquel artefacto:
Un reloj de plata.
Ciertamente había escuchado una voz –su voz-, pero nunca se había imaginado que desde el momento en que había posado sus ojos sobre él, un demonio egoista lo había condenado de la noche a la mañana con el solo deseo de procamarlo como suyo: Y esto incluia serle devoto y fiel. Entregarse a él en carne y sentimiento mas no en alma.
“Estoy a tus servicios” se ofrecio con una dulce voz al oido “¿Cómo puedo entretenerte?”
“¿Qué otra cosa sabes hacer? ... Aparte de dar placer”
Belial arqueo una ceja divertido y se hecho a reír jovial y campante “¡Me halaga tanto interes! En especial si eres tú, Sebastian. Estoy enteramente a su disposición”
“¿Enteramente?”
“Cada centímetro de mi cuerpo” Sebastian casi pudo saborear la sonrisa que en ese instante se había formado en la boca de Belial.
Todo era un interminable círculo vicioso.
“¿Cada centímetro? ¿Cualquier cosa que pida?”
“Cualquier cosa”
“Cualquier cosa” repitio el pelinegro como si la palabra fuese oro; una mirada basto para invitarlo, separar los labios y exigir lo que en ese momento era suyo “Belial besame; y es una orden”
Los ojos verdes destellaron ante esta última palabra, y es que todo esto era parte del contrato.
Belial se volvería el más fiel esclavo de Sebastian Michaelis con la única condición de cumplir su capricho cuantas veces él lo pidiece.
Claro esta que ni la arquediocesis ni el conde estaban al tanto de todo esto.
Atrapo su boca en un instante fugaz que bastó para encender la llama.
“¿Sebastian?”
El beso junto con el demonio de piel morena se esfumaron en una nube roja ante sus ojos; apareciendo en su lugar el joven conde, quien en bata de vestir a tan altas horas de la noche lo había ido a buscar con la tonta excusa de querer algo de té.
“Que no se te olvide” regaño peculiarmente molesto el conde en su camino a la cocina “Que hasta que todo esto acabe me perteneces a mí y solo a mí”
Sebastian estiro su boca en la sonrisa de vampiro que tanto lo caracterizaba:
“Cada centímetro de mi cuerpo"





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